La restauración de la mujer adúltera
📖 “Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer, a la que habían sorprendido cometiendo adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes, y dijeron a Jesús: —Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio. En la ley, Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices? Ellos preguntaron esto para ponerlo a prueba, y tener así de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo. Luego, como seguían preguntándole, se enderezó y les dijo: —Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra. Y volvió a inclinarse y siguió escribiendo en la tierra. Al oír esto, uno tras otro comenzaron a irse, y los primeros en hacerlo fueron los más viejos. Cuando Jesús se encontró solo con la mujer, que se había quedado allí, se enderezó y le preguntó: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? Ella le contestó: —Ninguno, Señor. Jesús le dijo: —Tampoco yo te condeno; ahora, vete y no vuelvas a pecar.]”
San Juan 8:3-11 DHH94I
Reflexión 🤔La escena no comienza con una oración, sino con una trampa.
Los fariseos no buscaban justicia, sino poder. No les importaba el alma de la mujer, sino el control de la narrativa. Tomaron su pecado y lo convirtieron en espectáculo. La empujaron al centro de un círculo armado con piedras y orgullo.
Ella no habló. ¿Qué podía decir?
Su vergüenza era pública. Su pecado, expuesto. Su sentencia, inminente.
Y allí, en medio de ese juicio sin misericordia, estaba Jesús. No con una piedra. No con una acusación. Sino con un silencio que desarmaba, y un gesto que lo decía todo: se inclinó y escribió en el polvo.
No sabemos lo que él escribió. Pero sí sabemos lo que provocó.
Uno a uno, sus acusadores se retiraron. No porque la mujer fuera inocente… sino porque delante del Santo, nadie lo es.
Cuando el polvo se asentó, solo quedaron dos: la pecadora… y el Salvador.
Entonces Jesús habló. No con condena, sino con redención.
¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?
Nadie, Señor, respondió la mujer.
Tampoco yo te condeno. Vete, y no peques más.
Estas palabras no borraron el pasado, pero sí inauguraron un nuevo comienzo.
Jesús no ignoró el pecado; lo redimió. No relativizó la culpa; la redirigió hacia su cruz.
Y lo que aquella mujer recibió no fue una segunda oportunidad, sino una nueva vida.
Este es el corazón del evangelio: que el único que tenía autoridad para lanzar una piedra… eligió extender su mano.
Que el mismo Dios que escribió la ley en piedra, ahora escribe gracia en el polvo, allí donde estamos caídos.
Conclusión: Quizá tú también sabes lo que es ser acusado. Quizá tú también te has sentido indigno, culpable, expuesto. Pero si estás delante de Jesús, estás en el lugar correcto.
Porque su gracia no niega la verdad, pero tampoco te deja encadenado a ella. Su gracia libera, transforma y restaura. Y hoy, estas palabras son para ti: “Tampoco yo te condeno. Vete, y no peques más”.
Oración 🙏
Jesús de grande misericordia, me postro ante ti con el alma desnuda. No tengo defensa, solo necesito tu voz. Gracias por no lanzar piedras, sino por cargar mi culpa. Enséñame a caminar como alguien que ha sido perdonado por amor. Que mi vida sea testimonio de tu gracia… escrita en mi polvo.
En el nombre de Jesús. Amén!
Bendiciones y Feliz Lunes!.. 🤗
“Habla de Dios y de la Biblia y recuerda que Jesús no vino para condenarnos sino para perdonarnos y darnos vida eterna”
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